Irrumpiste mi calma y la aniquilaste. No sabes cuánto me había costado. Y ahora es evidente, te fuiste más lejos que antes quedándote en un lugar al que no llega ninguna de esas tres líneas de colectivos, me dejaste a la deriva, pensando sucesivamente hechos sin orden.
Por ratos, quiero estar siempre para ti y para nosotros. Y pensar que creí que un día fuimos dicho “nosotros” me parece patético ahora, más que recibirte con el corazón abierto cada vez, más que las sonrisas que mendigan tus gracias, más que esos besos lanzados al aire, o los abrazos no correspondidos, más que el día perdonado y más patético que hoy, que me niego a despedirme, a despedirte.
Mi cabeza explota y junto a ella mis ojos, nada concreto resulta de la estulticia de ideas y la desaparición me ciega y enmudece, el único sentido que queda no sirve de nada porque de tu boca no salen palabras. Te quedas sin estar y eso es lo peor que puede pasar y con lo peor es con lo que me tengo que conformar hoy, mañana y siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario