Como dos desconocidos observándose tras una hoja estábamos, desconocidos porque es lo que somos, pero más cerca de lo que correspondiese a ello.
Tales quinceañeros jugando a coquetear, acercándose y alejándose, escuchando respiros y sintiendo humedad en las manos, buscando escondidos la mano del otro hasta cosquillear con los dedos, capturar, acariciar y soltarla, sin motivo, sin motivo explicable al menos. No lo entiendo ni tampoco quiero hacerlo.